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El valor de la información en el futuro

info y mercados

La transformación del periodismo y la circulación de la información redefinen el valor de ciertos medios tradicionales, ante una sociedad cada vez más segmentada culturalmente.

 

Por Eduardo Medina

A finales de diciembre de 2025 se conoció la curiosa novedad de que el inversor más famoso del mundo, el estadounidense Warrent Buffett, había adquirido el 3% de acciones del New York Times por un valor de 351 millones de dólares. La noticia recorrió rápidamente el circuito de las finanzas, como también el de las empresas periodísticas, el de académicos y el de especialistas en comunicación. La pregunta que se disparó fue, más allá de la exactitud y validez de la jugada financiera, qué llevó a Buffett a poner el foco en una empresa periodística tradicional que, hasta hace poco tiempo, formaba parte de un campo denostado por él mismo y por quienes ven en el futuro un cambio radical en casi todos los aspectos de la vida cotidiana, incluido el periodismo tradicional por supuesto, mucho más con la explosión de la Inteligencia Artificial (IA).

Hasta ahora, todas las inversiones que Buffett realizaba a través de su fondo, Berkshire Hathaway, siempre fueron tenidas como una referencia y en no pocas ocasiones estos movimientos produjeron bruscos cambios en las tendencias financieras de Estados Unidos. La estrategia de la compañía y de sus directivos siempre ha sido situado en el mediano y largo plazo. Mal no le ha ido, ya que con el paso de los años han acumulado un capital de más de 1 billón de dólares. Coca Cola o American Express forman parte de sus activos.

Pero ¿por qué ahora la información es de su interés? Como empresas, New York Times, junto con Wall Street Journal y el medio británico Financial Times, han modificado el concepto de negocios en materia periodística. Tras la mortal caída en ventas de los diarios en papel y la escasa rentabilidad que producen las publicidades, éstos y cientos de portales de noticias en el mundo instrumentaron la suscripción como forma de generar ganancias directas. Inicialmente, la jugada, aunque masiva, no resultó fructífera para todos.

Lo que empezó a establecer una brecha no fue la estética de los portales, ni la publicidad que los mismos medios se hacen, incluso tampoco la marca asociada a determinados valores. Lo que produjo la diferencia fue el contenido, la información confiable, bien escrita y acertada que se produce en determinados medios de comunicación y no en otros. En efecto, es la diferencia lo que distingue del resto, lo que da jerarquía y, finalmente, genera valor, un ascendente capital social, simbólico y, por supuesto, económico.

New York Times reportó en 2025 ingresos totales por 802 millones de dólares en el cuarto trimestre, con un crecimiento del 13,9% en los ingresos por suscripciones exclusivamente digitales. La expansión de los márgenes operativos alcanzó el 19,5% y un flujo de caja libre superior a los 550 millones de dólares anuales.

El paquete de suscripción, muy agresivo en cuanto a la competitividad del precio mensual, es diversificado, con un ecosistema de productos que incluyen juegos (Wordle), cocina (NYT Cooking), recomendaciones de productos (Wirecutter) y cobertura deportiva profunda (The Athletic). En la visión de Buffett, estos portales de noticias se transformaron en los equivalentes a Netflix o Prime Video (Amazon) en lo que hace a entretenimiento. Es decir, donde la utilidad diaria del producto para el suscriptor justifica un pago mensual recurrente, que es menos sensible a los ciclos económicos

Pero otras cosas también influyeron, como el contexto de la información, los marcos de análisis de las noticias, la reputación de sus columnistas, que no es sólo moral, sino también académica, e incluso política. Ser republicano o demócrata, conservador o progresista, no compromete la rigurosidad y objetividad de las perspectivas que los periodistas asumen.

Pero en la jugada de Warrent Buffett hay algo más, un plus que se suma a la rentabilidad medianamente asegurada por la robustez que ha conseguido como compañía el New York Times. Es el valor de la información periodística a futuro. En los escenarios por venir, este tipo de servicio juega un rol preponderante, lo cual no es novedoso, porque siempre lo fue a lo largo de toda la historia.

La cuestión es que ese valor en los últimos tiempos se ha enfrentado a una crítica feroz, en donde ciertamente hay argumentos atendibles. Por un lado, que el periodismo tergiversa u oculta ostensiblemente los hechos en función de quienes financian el oficio. Por otro lado, que, aunque el sesgo no responda a intereses económicos, es una perspectiva entre muchas otras, lo cual deja de lado miradas que pueden ser más beneficiosas para una determinada sociedad o grupo. También, que la información más fiable es la que producen los ciudadanos mediante sus redes sociales y el uso de teléfonos inteligentes, con canales de streaming y posteos de periodistas independientes, siendo esto más descontracturado y menos comercial. Por último, que las noticias a nivel general son una desviación del verdadero foco que debe tener una persona, que es su propia vida y la de su entorno.

Por supuesto que el valor de las suscripciones, que llega a ser muy elevada en ciertos portales, establecer una barrera que para determinados sectores sociales se vuelve infranqueable.
Las consecuencias políticas de los efectos que este nuevo sistema de producción y circulación de la información conlleva empiezan a verse. Mientras los sectores concentrados y más poderosos del mundo siguen dándole un valor crucial al periodismo de calidad, ignorando a sus críticos, con el éxito económico y político como meta y el sostenimiento del poder como base, una gran parte de la población ha empezado a desplazarse a espacios alternativos de saber, suponiendo que allí se encuentra una mayor veracidad de los aspectos materiales y simbólicos de la vida.

No necesariamente estas vías alternativas son todas negativas, pero es cierto que se encuentran afectadas y entrecruzadas por la circulación caótica, anodina y a veces pueril de contenidos irrelevantes tanto para la vida del ciudadano de a pie, como para el del conjunto que lo rodea.
Esa información de calidad de la que hablamos, brindada a través de determinados medios, tiene, al parecer, tres componentes clave: el prestigio del periodista y el medio, las categorías de análisis y la presentación, que incluye contenido, escritura o relato y la estética en la que está alojada.

La obtención de este tipo de contenidos no pasa solamente por una cuestión de recursos económicos, ya que internet facilita el acceso a casi todos los textos de fuentes abiertas, lo que parece, de algún modo, igualar dicho acceso. La problemática tiene que ver con las trayectorias individuales de los sujetos y los capitales acumulados de cada uno. Algo parecido a lo sucede desde siempre con la música clásica en relación con otros estilos, o con el teatro “independiente” en relación con el de “revista”, por ejemplo, o bien con determinada literatura cuando se pone en discusión junto con bestsellers.

El consumo de información se segmentó a partir de un proceso de diferenciación cultural que no se basa en sujetos, sino en formas o estilos de vida. Si “yo” vivo de determinada manera, me informo con esto y al resto lo desecho porque no me sirve. En realidad, a partir de esa decisión, el “sistema” está empezando a desechar a ese sujeto.

En el trasfondo de esta cuestión se encuentra la declinación de ciertos valores occidentales que llevan al menos doscientos años de predominio en la cultura. Uno de ellos es la aspiración de las sociedades a progresar mediante el conocimiento. El otro, el acceso igualitario a ese conocimiento. Para revalidar a este último se requiere decisión, organización y política. Pero, para el primero, una especie de milagro.

 

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