
Carlos III sorprende en Estados Unidos con un discurso de alto impacto que resignifica el papel de la oratoria en las relaciones internacionales.
Por Eduardo Medina
No es necesario ser un rey para que un discurso tenga fuerza e impacto en un determinado contexto. Claro que, si se es rey, mucho mejor. Y este fue el caso de Carlos III en su reciente visita a Estados Unidos. La prensa occidental le esta dedicando por estos días muchas páginas a sus declaraciones tanto en el Capitolio estadounidense, como en la tradicional cena de gala en la Casa Blanca.
¿Por qué un discurso de este estilo, tan “tradicional” si se quiere, tiene una repercusión de esa magnitud? Estamos acostumbrados a ver viralizados fragmentos que provienen más de entrevistas y declaraciones al paso, que de las convencionales oratorias frente a parlamentos y cadenas nacionales. Esa viralización, que de a ratos nos ahoga por su banalidad, no es tanto por el significado de una oración o de un fragmento, sino por el grado de ira, vulgaridad, o ignorancia con la que se enuncian, que desentona con el cuidado y tacto que figuras de las primeras líneas de la política sostuvieron habitualmente. En esa seguidilla de vociferaciones vergonzante aparece hoy por hoy Donald Trump, acompasado muy de cerca por nuestro presidente Javier Milei. Hace unos años, Jair Bolsonaro o incluso el británico Boris Johnson, asombraban al mundo no sólo con actuaciones humillantes, sino con intervenciones en redes sociales absolutamente despreciables.
Los discursos de Carlos III dejaron impresionados a periodistas, políticos y académicos, porque hicieron presente dimensiones que la oratoria había trabajado por siglos a través de grandes tratados, pero que la mediatización actual, vía redes sociales principalmente, impedía desplegar de un modo total y, más que nada, acertado. No sólo lo impedía, sino que también parecía haberlo desterrado por completo dentro de las opciones posibles para cualquier referente político.
Desde luego que las intervenciones del rey inglés no fueron libradas al azar, tanto en el ordenamiento de sus palabras como en la dinámica o proceso espacial que lo llevó desde el palacio real hasta los salones estadounidenses. El viaje de Carlos III se produce en plena guerra con Irán, pero también con Ucrania, conflictos bélicos que han llevado a un desentendimiento de Donald Trump con los lideres europeos, pero, más que nada, con el primer ministro británico Keir Starmer.
Esta crisis de relaciones entre Estados Unidos y Europa no sólo se origina por la falta de apoyo de los miembros de la OTAN en la guerra de Irán, sino también por las excentricidades discursivas (por decirlo decorosamente) de Trump hacia sus pares. Acusarlos de “cobardes” es lo menos que ha hecho en los últimos meses. Pero también sucedió la captura de Nicolás Maduro, es decir, el secuestro de un presidente extranjero, acontecimiento que violó todas y cada una de las reglas dichas y no dichas del derecho internacional; las constantes amenazas con la anexión forzada de Groenlandia; el menosprecio hacia Cuba y una inminente invasión; las subas y bajas de aranceles, etc. Es decir, Carlos III aparece con un poderoso discurso tradicional en una coyuntura mundial absolutamente disruptiva, o “distópica”, al decir de los fanáticos de las series de zombis.
Podríamos conjeturar que el mundo se esta reconfigurando más por la acción de las palabras, de las viejas y desgastadas palabras, que por la de los algoritmos o las armas nucleares disparándose hacia distintos puntos del globo. Claro que todos estos elementos, de intervención o de disuasión, se combinan, pero no quizás del modo en el que la mayoría presupone.
El discurso del rey pareció darle un orden al mundo, uno que le convenga a la monarquía británica, por supuesto. El respeto a las reglas, a las tradiciones, a los pactos entre naciones, la identificación de los verdaderos rivales, pero también de los verdaderos problemas que enfrenta un gobierno, donde el statu quo de (en) la sociedad es primordial.
El dato más interesante fue que la corona británica rompió su protocolo más cuidado, el de la no intervención en política. Si esa situación le esta vedada en su propio territorio, no alcanza la imaginación para pensar cómo eso pudo pasar en un país extranjero, aleccionando a otros lideres y representantes sobre lo bueno y lo malo, lo que esta bien o lo que está mal, por ejemplo. Y ahí es donde surge el mayor impacto de ese discurso, lo que más se va a estudiar en las academias y, en definitiva, lo que nuestros lideres y representantes deben aprender. Carlos III aleccionó, intervino, demandó y señaló con el arte de la diplomacia, con sutilizas, ironías, bromas, datos extratextuales y muchos sobreentendidos.
Lo que podría haber irritado al más irascible líder del mundo, terminó por dejarlo como un anfitrión feliz de recibir esa real bofetada. Pero, y a eso vamos con los manuales de oratoria, recolocó a la corona británica en un nuevo lugar en el escenario mundial, le granjeó las mejores críticas en su propio país y, más que nada, le dio un respiro de los escándalos a los que el príncipe Andrés sometió a su familia a partir de los vínculos que tuvo con el zar de la prostitución y la trata, Jefrey Epstein. Como yapa, también logró que el Kremlin saliera a responderle, y hasta que Emanuel Macrón, primer ministro del tradicional rival del Reino Unido, Francia, se sintiera tocado. Todo (todo) al precio de un discurso tradicional.
¿Habrá tiempo aun para enseñarle a los dirigentes políticos argentinos, y a los aspirantes a serlo, el sutil arte de la retórica?
Fotografía: El Mundo