
En la interna del peronismo, la figura de Cristina Kirchner aparece tensionada entre el peso de su legado y los límites de una conducción anclada en la nostalgia.
Por Alejandro Moreira (*)
Cristina
El 20 de junio de 2026, en el banderazo de Parque Lezama por la libertad de Cristina Kirchner, su hijo Máximo expresó “queremos tener una candidata y no candidatos por default”. El mensaje buscó bajarle el precio a Axel Kicillof, quien a pesar del fuego amigo lidera todas las encuestas presidenciales. Existe una evidente mala fe en ese discurso, Máximo mezcló una convocatoria que busca reivindicar a Cristina con la interna partidaria. Como todos sabemos, el veto a Kicillof persigue un solo objetivo: volver a colocar a Cristina como la gran electora del peronismo, un rol triste que en 2015 condujo a la candidatura de Daniel Scioli –hoy funcionario de Milei-, y en 2019 a Alberto Fernández, con los resultados conocidos Esos dos sí que fueron candidatos por default…
Hay en el relato del núcleo duro de Cristina una confusión de problemas que es necesario discernir: por un lado, la evaluación del ciclo kirchnerista, en segundo lugar, la situación judicial de la ex presidenta y, por último, los desafíos de este presente, julio de 2026. No hay dudas de que cualquiera sea el índice que se tome, los gobiernos de Néstor y Cristina fueron los mejores que conoció este país desde el siglo XIX al presente. Tampoco hay dudas de que Cristina ha sido perseguida por motivos puramente ideológicos lo que supone no sólo una agresión a su persona sino a una fuerza política y a una porción grande de la población que se ve representada en esas ideas. La detención de Cristina, promovida inicialmente por el gobierno de Macri, es un hecho de una gravedad institucional enorme, un verdadero golpe de estado en pleno siglo XXI instrumentado por esa gran asociación ilícita que es la corporación mediática/judicial, y avalado por buena parte de la clase política. Pero en los tiempos que corren el problema que plantea Cristina al campo nacional y popular es que su carisma, su liderazgo, ya no se acompaña de ideas susceptibles de integrarse en un proyecto de país que mire hacia adelante, hacia el futuro. Cristina ya no tiene más nada por ofrecer, salvo nostalgia del pasado.
Esa incapacidad se reveló con crudeza durante el gobierno de Alberto en el que, en aquellas intervenciones públicas a modo de clases magistrales, Cristina se convirtió en una suerte de relatora de las impotencias y frustraciones de su propio gobierno. Un gobierno sin programa ni épica, que no pudo nada, ni expropiar Vicentin, ni terminar con la detención lacerante de Milagro Sala ni sancionar una ley de humedales. El resultado fue una sociedad librada a la incertidumbre y a la angustia acompañada por la desmovilización de sus propios seguidores.
Axel
Dos días más tarde, el 22 de junio, Carlos Bianco, ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires intentó esquivar las invectivas de la Cámpora con un cliché aburrido: “Este no es año de los candidatos, es el año de las construcciones políticas”. Es al revés: ha llegado el momento en que Axel afirme su vocación de poder, grite visceralmente que en ello se le va la vida y asegure que construirá un rumbo diferente para los argentinos.
Urge hacerlo. La torpeza y los desastres del gobierno de Milei exigen una fuerza que les haga frente. Hay un vacío en la política argentina, que no es otro que la ausencia de un liderazgo opositor claro, y ese casillero Kicillof debe cubrirlo ya. De lo contrario ese vacío habilitará la extensión de las internas, la emergencia de outsiders de distinto signo y el fortalecimiento del oficialismo macrimileísta. En todo caso, consolidar su candidatura ayudará a la construcción política amplia que Bianco promueve. Enfrentar a la barbarie neoliberal requiere un héroe colectivo, tarea que atañe a la promoción de lógicas autogestionarias, horizontales y democráticas. Pero ese héroe necesita un rostro donde encarnarse, y ese rostro aquí y ahora es Kicillof.
Decidir ser presidente significa ante todo ofrecer a los argentinos una alternativa política. No basta con la retórica desarrollista, ni con criticar al FMI, no basta con volver a contarnos el saqueo de la Libertad Avanza, el Pro, la UCR y la larga lista de gobernadores peronistas cómplices. Esa crítica denuncialista, todo lo correcta y progresista que sea, corre siempre detrás de los acontecimientos y termina sedimentándose en la impotencia. Kicillof tiene que forjar u proyecto de país para todos y todas, un sueño colectivo, una esperanza, otro futuro. A pesar de muchas caídas, el kirchnerismo tiene una memoria, preserva un mito, es la única formación con capacidad cierta de resistir los embates del neoliberalismo y proponer otros horizontes para este país, pero le falta imperativamente forjar nuevas utopías. Todo ello vuelve necesaria la emergencia de otra generación, que desafíe costumbres, conducciones y burocracias, rompa algunos vidrios y se imponga en el centro de la escena para refundar el movimiento nacional, popular y democrático y lanzarlo hacia el futuro.
Cierto es que Axel la tiene difícil. Reconstruir la Argentina requiere de una tarea enorme y de un liderazgo que debe tener algo de Perón, algo del Che Guevara e incluso algo de San Martín. ¿Estarán capacitado el gobernador y su Movimiento Derecho al Futuro para semejante parada? No lo sabemos. Pero como siempre cuando se trata de incidir de verdad en el curso de los acontecimientos habrá que apostar en el vacío. Ocurre que el primero que debe apostar es el propio Axel, después lo seguiremos todos. Nada nos asegura el éxito de esa epopeya. A no dudar, cuando Kicillof decida en serio convertirse en candidato, el campo nacional y popular y muchos sectores más se plegarán sin fisuras a su conducción. Y, por cierto, todo el aparato peronista irá al pie, de Pichetto a Cristina y la conducción de la Cámpora.
Hasta ahora el gobernador de la provincia de Buenos Aires se ha mostrado prudente y componedor. Evocando al Tadeo Cruz de Borges, se ha comportado como perro gregario. Pero si decide enfrentar su destino y entrar en la historia tendrá que convertirse en lobo y de ese modo enfrentar a enemigos poderosos, enemigos de adentro que no van a perdonar la pérdida de sus privilegios, y enemigos de afuera dispuestos a tirar a matar. El campo nacional y popular necesita un lobo. Del curso de acción que se asuma dependerá la suerte de su proyecto y la de todos los argentinos. Axel lo sabe bien, fue él quien afirmó en setiembre de 2023 que había que abandonar la nostalgia y componer una nueva canción, “una que no sepamos todos”. Pues bien, ha llegado el momento de tocar esa nueva canción. No es la naturaleza misma de las cosas la que espontáneamente producirá un mundo mejor, un poco más humano, sino la decisión política. La pelota está del lado de Axel y solo resta esperar la jugada: soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción.
* Historiador. Profesor Titular de Teoría Política II FTS-UNER