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¿Hay crisis de representación?

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La discusión sobre la representación política vuelve a escena, pero, lejos de convertirse en una problema, abre una posibilidad para los partidos nuevos y tradicionales. 

 

Por Eduardo Medina

Hay una frase que se repite en cada contexto de crisis social, y es que existe un desanclaje entre la sociedad y la clase política. Este señalamiento no solo se da en Argentina, sino en la mayoría de los países occidentales en donde impera la democracia, ya que lo que entra en disputa es el concepto mismo de representación; la capacidad de ciertos actores para hablar en nombre de uno o varios grupos humanos.

La acusación de la que hablamos opera en dos planos, el intrapartidario y el interpartidario, o bien entre actores no partidizados y aquellos que sí lo están. Tanto intrapartidariamente como interpartidariamente, quienes esgrimen la acusación son las nuevas fuerzas hacia aquellos que llevan un determinado tiempo ostentando fuentes de poder.

Lo cierto es que no hay “crisis de representación” y, desde el advenimiento y fortalecimiento de las democracias, siempre hubo representación ininterrumpidamente. La sostenida alta participación en las elecciones para cargos ejecutivos y el bajo porcentaje de votos nulos o en blanco lo vienen demostrando hace décadas. Lo que sí sucede es que muchas veces se modifica el juego de (entre) los partidos, dado que, por ejemplo, de bipartidismos pasamos a multipartidismos o bien, como en el caso argentino, un outsider con un sello partidario cuasificticio llega a la presidencia y ejerce el poder, relegando a los partidos tradicionales (PJ, UCR) o a los más nuevos (PRO, ARI). Pero “representación” siempre hay.

También ocurre que algunos actores han reducido el número de personas a las que influyen, o bien estas “bases” se han modificado, volviéndose más o menos cerradas, más o menos heterogéneas, o bien cambiando totalmente el público al que expresan, lo que ocurre muy pocas veces.

En consecuencia, la validez de la imputación de desconexión entre políticos y sociedad es pobre, pero, a veces, puede tener efectos en quienes la escuchan y, en ese sentido, es que la misma nunca deja de sostenerse a lo largo de las décadas. En otras palabras, es un arma más para hacerse lugar en la política, pero, como mecanismo interpretativo de una coyuntura, no sirve.

¿Qué encarna Javier Milei? En principio, entre un 30% y un 50% del electorado, en donde gran parte de ese electorado es nuevo, son jóvenes que no llevan muchos ciclos electorales votando y, también, un sector que ha decidido darle una oportunidad a otro signo político. Y cuando decimos “signo político” estamos hablando de todo un conjunto de atributos, como son la persona o las personas, el discurso, los símbolos, las ideas, lo no dicho, aspectos positivos y negativos que se ponen en la balanza, etc.

En ese cuadro de situación configurado a partir de 2023, tanto el peronismo, como el PRO y también la UCR, se preguntan con total validez “¿qué representamos nosotros?”. El peronismo no analiza desde hace mucho tiempo los aspectos simbólicos de la política, sino que entiende la misma de una forma cuantitativa, básicamente, muchos votos igual a poder. Tanto el PRO como la UCR tienen la necesidad de entender cualitativamente el asunto de la representación, ya que Milei les disputa una serie de valores e ideales (de derecha) que ellos alguna vez también canalizaron y que, en definitiva, aspiran a seguir haciéndolo.

Las dos posturas poseen una cualidad esencial que a la otra le falta. El peronismo carece de un sutil análisis de la ciudadanía y, más bien, hace política de superestructuras, o sea, supone que una serie de acuerdos conlleva (le acarrea) un determinado caudal de votos. Así, el frentismo es una constante en su lógica de poder, porque la suma de acuerdos (en la mente de los estrategas peronistas) lo llevaría a estar más cerca del triunfo.

Por otro lado, el PRO (más que la UCR) está viciado de los estudios de consultoras que analizan los gustos y pareceres de diversos grupos sociales y, cumplido esto, trabajan sus discursos de campaña o de gestión con tópicos que pueden influir o bien atraer a cierta parte del electorado. Este seudosaber impulsa muchas veces a los dirigentes a cierto grado de autonomía, de no contaminación y de preservación de su sello partidario.

En ambos casos, los referentes desprecian o subestiman el potencial de sus propios partidos, de la capacidad de éstos para influir en la sociedad, de transmitir valores, crear identidad, etc., facetas para lo cual justamente están hechos. Acto seguido, aquellos dirigentes traman sus estrategias de forma “particular”, esto es, por fuera de la institución, bajo sus exclusivos deseos y, desde luego, financiados por ellos mismos, lo que los hace responsables, pero también dueños de las victorias y los fracasos.

Como consecuencia de esta tendencia, los partidos políticos sirven sólo como la arquitectura jurídica necesaria para entrar al juego electoral, tal como las normas lo requieren. Esto implica que ningún referente quiera nunca alejarse de su organización y más bien siempre quiera tener un pie en ella. Pero ese pie no es un apoyo, sino más bien un peso por encima del partido de modo de sostener el control y, si es posible, su inactividad, incluso intentando volverlo obsoleto.

El contexto actual plantea una posibilidad para la rehabilitación de los partidos políticos como maquinarias de poder. Esta situación se da a partir de la falta de líderes fuertes, en el sentido de lo que Milei es hoy por hoy para La Libertad Avanza y sus militantes. Esos antiguos liderazgos implicaban muchos beneficios en materia de adhesiones, estrategias y decisiones, pero, a nivel partidario, generaban su consecuente vaciamiento, ya que este tipo de personalidades necesitaban para consolidarse de la “unidad” y de la nula posibilidad de disensos. Sin construcción de antagonismos no hay vida partidaria, al igual que a nivel general, de la sociedad, en donde cuando no hay oposición o alternativa, lo que necesariamente termina dándose es un totalitarismo.

El corrimiento de Cristina Kirchner por razones legales, o de Mauricio Macri por falta de consensos internos, por ejemplo, es, a nivel nacional, la chance del comienzo de una nueva etapa en los partidos políticos como el peronismo o el PRO y, su socio menor, la UCR. En menor escala, lo mismo puede verse en distintas provincias e incluso localidades a partir de la avanzada libertaria desde 2023 a la fecha. La posibilidad de la que hablamos no está dada por decisiones o mandatos que vienen de arriba, sino por conductas y acciones contingentes e indeterminadas, en donde diversos militantes, referentes, viejos y nuevos caudillos, buscan la forma de controlar sus instituciones a partir de propuestas que se acercan más a lo que podemos llamar una “democracia interna”, al seguimiento de reglas, consensos con los pares y hasta la concreción de congresos y asambleas con cierto nivel de legitimidad.

No es que de la noche a la mañana muchos se levantarán más democráticos, sino que nadie tiene el peso suficiente para imponer sus propios intereses a los demás. Por otro lado, la sociedad ha tendido hacia la dispersión de la política y a su virtualización, lo que lleva a que los partidos políticos pasen a ser, al menos por un momento, espacios físicos reales de confluencia y, por lo tanto, centros de atención.

Por último, hay ahí un juego económico que está detrás. Los referentes con suficientes recursos monetarios para persistir y prevalecer en la virtualización de la política, sin la necesidad de “caer” en el partido, son los principales bloqueadores de la actividad de dichos espacios. Mientras que quienes no poseen los recursos económicos, trabajan e intentan ampliar el capital social y simbólico en y desde el partido. De ahí también proviene la acusación de unos sobre otros por la “crisis de representación” y la falta de conexión con la sociedad o con las bases.

En definitiva, no nos esperancemos tanto. No hay romanticismo, ni un revival de viejas tradiciones que antaño dieron alegría, sino tan solo pragmatismo, crisis económica y pura y dura especulación.

 

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Fotografía: PERFIL