
La docencia entrerriana enfrenta salarios de pobreza y una clase política indiferente, mientras crece el reclamo por una educación pública digna y transformadora.
Prof. C.J.H
Todos los febreros en nuestra región son húmedos y calurosos, algunos los disfrutan con ocio, aire libre y espejos de agua de distintas índoles. Otros, los padecen en sus jornadas laborales ordinarias, al rayo del sol o en los hornos de los talleres y las ardientes calles.
Los docentes entrerrianos el 12 de febrero nos presentamos en las escuelas y el 13 comenzamos las mesas evaluadoras. Las escuelas nos esperaban exactamente iguales a como las dejamos en diciembre, con todas sus innumerables falencias y faltas de cuidado. El salario provincial permanecía, al igual que en el último año, pétreo, inamovible. Los docentes entrerrianos somos un conjunto heterogéneo y triste es decirlo, sus amplias mayorías no se movilizaron ni reaccionaron ante una realidad que nos apabulla.
En febrero de 1811, los paisanos de la campaña oriental, en su mayoría criollos, negros y mestizos se sumaron a la propuesta de Artigas y produjeron el grito de Asencio, la forma que tomó la vía revolucionaria independentista en los arrabales de la gran Montevideo. Para marzo, habían alcanzado un primer objetivo venciendo en la batalla de Las Piedras a las fuerzas realistas del virrey Elío. Se hicieron notar, se definieron y actuaron.
Claramente febrero era un mes ideal para alzarse contra las fuerzas opresivas en el siglo XIX, recordemos que el 3 de febrero el enorme Don José de San Martín venció en San Lorenzo a los españoles y en 1851, el patrón de estancia Urquiza puso fin al monopolio porteño del puerto en Caseros. Por el contrario, el siglo XXI nos encuentra dominados, desunidos, precarizados, explotados y completamente rendidos ante los constantes vapuleos del Estado provincial.
Como pedirle al democráticamente elegido gobernador, el porteñísimo Frigerio, que resuelva la problemática educacional provincial, que se inspire y evoque la figura de don Gervasio José, si todo el pensamiento artiguista representa lo opuesto al programa del gobernador (¡porque decir pensamiento sería ponerlo en igualdad de condiciones del Protector!).
Don José Gervasio Artigas articuló todas sus propuestas bajo un presupuesto rector: la igualdad, tanto jurídica como política y social. La igualdad aparece en el artículo cuarto de las Instrucciones dadas a los diputados orientales que debían participar en la Asamblea Constituyente del Año XIII, en donde establecía que el objeto y fin del gobierno debía ser “conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y de los Pueblos”.
Cuando Artigas establece dicho orden y jerarquiza poniendo primero la igualdad, establece una prioridad. La Libertad y la seguridad de los pueblos y los ciudadanos está supeditada a la igualdad. Sin ella, los otros conceptos se vacían, pierden densidad.
Cómo señala Gabriel Di Meglio (2011), “una de las grandes consecuencias de esta crisis fue justamente la irrupción plena de miembros de las clases populares -integrantes de las castas, esclavos, indígenas, campesinos y plebeyos urbanos- en las disputas políticas” (p. 430) 1. Para disputar políticamente un proyecto, las clases populares debían estar en pie de igualdad con aquellas que poseían no solo la propiedad, sino también el conocimiento, la escritura, la lectura.
De ahí que dentro del proyecto artiguista la escuela jugaría un rol preponderante. La ilustración de los jóvenes y la creación de las escuelas de primeras letras en el territorio de la Liga de los Pueblos Libres iba a ser una de sus preocupaciones.
El contexto era sumamente difícil. La Liga estuvo enfrentada no sólo con las fuerzas realistas, sino que debió soportar las invasiones porteñas y brasileñas, las reticencias de los estancieros y las dificultades típicas de una economía irregular y convulsionada. Debido a la falta de maestros y su tenor moralista, se planteó que los propios curas y sacerdotes enseñaran las primeras letras y bajo el sistema lancasteriano se sumen los estudiantes de mayor nivel.
La educación artiguista debía ser era estatal, gratuita, obligatoria y mixta. La estatalidad estaba pensada de tal modo que la enseñanza sostenga el proyecto revolucionario y la base de esa revolución, era sostener el principio de igualdad entre las personas 2. Sin igualdad material es imposible pensar en igualdad educativa. La educación se articulaba con claramente con el “Reglamento provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de la campaña y seguridad de sus hacendados” por el cual se expropiaba a los terratenientes enemigos de la revolución –“malos europeos y peores americanos”- y se distribuían terrenos “con prevención que los más infelices serán los más privilegiados”. El Reglamento especificaba además quienes serían aquellos beneficiados: “los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de la provincia”.
Que lejos estamos de esas ideas revolucionarias. En los últimos 30 años se ha producido una lenta e inexorable decadencia de la educación que alimentó la creación de cientos de institutos privados que disputan el sentido de la práctica educativa. Triunfó la idea de que a la escuela pública “se cae” cuando no hay más alternativas, que allí van los repitentes de las clases privilegiadas, que los menos favorecidos la transitan como lugar de contención, cobijo, alimentación y en última instancia aprendizaje. Un galpón que lo único que debe garantizar es que los estudiantes estén adentro.
La mayoría entrerriana y entre ellos los docentes votaron un proyecto político en donde hablar de la escuela pública es un slogan, una frase sin sentido que busca mantener los últimos estertores de un principio igualitario decimonónico.
Los docentes entrerrianos, hasta el momento, no podemos ponernos al frente de un proyecto artiguista, es decir, igualador, un proyecto educacional político, que busque transformar los proyectos de vida de su entorno, de sus estudiantes, del futuro.
No podemos porque, a pesar de que nuestros salarios nos ubiquen claramente al límite de la pobreza o por debajo de ella, muchos se auto perciben de una clase media inexistente. Creen que por haber disfrutado de un reparto simbólico que les permite acercarse al disfrute y consumo de las industrias culturales, se alejan del populacho iletrado, vulgar y lumpen. Permanecen encandilados por una autodefinición clasemediera que los distancia de su propósito: educar sujetos que transformen la realidad en beneficio de los menos aventajados, de una sociedad más justa y solidaria.
Acá en Paraná, allá por 1815, durante la comandancia de Ereñu se fundó la primera escuela artiguista, a sólo unas cuadras del actual centro cívico, en donde nos congregamos un puñado, cada vez más raleado de luchadores por la educación. La gran mayoría sigue ausente, esperando las dádivas y migajas de un presupuesto que nunca los tendrá como prioridad. El nieto de Frigerio ha sido fiel a la tradición de su casta, le huye a lo público y es un excelente alumno de las premisas del presidente que más castigó la educación pública en la historia argentina.
Este humilde docente no pretende (aunque en sus sueños sea recurrente) que los, alrededor de 30.000 docentes entrerrianos, afilen sus cuchillos y los aten a las puntas de sus cañas de tacuara para solicitar lo que les corresponde, un salario digno que permita el desarrollo de un proyecto de vida. Si le encantaría saber que en las próximas elecciones elijan un proyecto que valore y privilegie la educación pública, que la analice para su transformación y que sea la bandera del resto de los cambios. Si no encuentran un proyecto en las marismas de la política institucional entrerriana, deberán crear una alternativa política que los identifique.
Tal vez una nueva fuerza sindical, social y política, un partido, un movimiento, que proponga que todo funcionario provincial o que posea sueldos estatales, como los millonarios cargos de ENERSA, Complejo hidroeléctrico de Salto Grande, deba, obligatoriamente hacer que sus hijos e hijas estudien en establecimientos públicos.
En el momento en que los docentes nos aceptemos como parte del subsuelo de la patria, como parte de los menos favorecidos y que la patria sólo es tal si todos estamos en pie de igualdad, la educación será artiguista y las escuelas patrióticas.
En el siglo pasado algunos llamaban a eso conciencia de clase, pero las clases sociales desaparecieron, están en los libros o documentales y lo que queda es gente, conjuntos organizados a partir de algoritmos que resultan esquivas a caracterizaciones y proyectos en común. El concepto de patria no les dice nada, no se sienten llamados, interpelados.
Escuelas de la patria debería ser la punta de lanza que abra de una vez y para siempre el camino de la educación entrerriana, que promueva una educación de calidad para estudiantes comprometidos y que como forma de trabajo enaltezca y dignifique a los docentes.
Que febrero y marzo vuelvan a ser, para nosotros, el mes en que se enciende la dignidad.
Con respeto y esperanza artiguista los saluda un docente entrerriano que cree que la escuela pública es la causa de los pueblos libres.
Notas:
1 Gabriel Di Meglio (2011). La participación popular en la revolución de independencia en el actual territorio argentino, 1810-1821, en Anuario de Estudios Americanos, vol. 68.
2 Tan revolucionario fue que que llevo a que se unan realistas españoles y americanos, porteños y brasileños, es decir las clases propietarias y parasitarias de las colonias.
Imagen: Pedro Blanes Viale: "Artigas dictando a su secretario José Monterroso"