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¿Por qué fracasa la oposición en Argentina?

opositores

Una hipótesis sobre la desconexión creciente entre sectores opositores y la ciudadanía.

 

Por Eduardo Medina

Cómo enfrentarse a las invectivas del gobierno libertario es un incordio del que no pueden salir amplios sectores de la política argentina, principalmente aquellos que se ubican por decisión propia en lo que se denomina “oposición”. En estos dos años, los analistas más avezados han situado este problema tanto en el discurso como en la acción de dicha oposición. Los que se han animado a ir un poco más lejos, suponen que “hay un cambio de época” que no se está pudiendo interpretar y, tras una larga lista de descripciones observacionales, finalizan en callejones sin salida o carentes de sentido. Todas las conjeturas parecen válidas, pero terminan desancladas de la real politik, que nunca hay que expulsar del análisis.

En efecto, la palabra, la acción y el cambio de época suponen aristas importantes y a tener en cuenta. Las tres nos llevan a un concepto: el lenguaje. La llamada oposición en Argentina tiene un problema para hacerse del lenguaje político del momento. La primera impresión al leer esto nos lleva a las redes sociales y la hiperconectividad, pero tomemos a eso como un medio. Volvamos al punto. No se puede comprender el mundo, sus causas, sus efectos, por fuera de los límites que establece el lenguaje. Dentro de éste, son la sociedad como marco y la intersubjetividad en la que nos encontramos las que nos vuelcan ante un lenguaje (en) común.

La política, entonces, no escapa a esta lógica. Sintéticamente, como pasa dentro de la esfera económica o artística, comprender la política es comprender el horizonte compartido y los elementos que entran y salen de dicha esfera, aquello que la sociedad acepta o rechaza, quiere modificar o pretende sostener. Para lograr esta comprensión, hace falta investigar, analizar, producir conocimiento, todas acciones que la oposición, y principalmente los lideres del peronismo, desestiman por engorrosas y carentes de efectividad inmediata. Un opositor estándar se maneja con la intuición como instrumento para la toma de decisiones y el arrebato mediático como factor sorpresa. Todo lo que está mal.

Desde la asunción del Javier Milei en diciembre de 2023, las palabras de los sectores opositores se han ubicado en el plano de la acusación como forma de resolver ese “ser opositores”. “Derecha”, “ultraderecha”, “fachos”, “insensibles”, etc., son algunos de los epítetos exclamados ante distintas iniciativas del gobierno. En el plano de la acción, poner el cuerpo es la forma de extroversión más marcada, como pueden ser la “marcha”, la “manifestación”, o salir a la “calle”.

Ambas instancias, la búsqueda de diferenciación ante un público que escucha y la protesta, parecen agotar el arsenal que dicha oposición tiene para constituirse como tal. Ninguna, hasta ahora, le ha hecho mella al mileísmo. Pero la política es, antes que nada, una acumulación milenaria de acontecimientos y marcas, por lo que concluimos que la oposición hoy no está haciendo uso de todos los recursos a su alcance.

Para innovar, el primer paso que debe dar la oposición es resolver cómo encara algunos problemas estructurales de la política argentina. La cuestión de los liderazgos parece llevarse toda la atención. Redes sociales y virtualidad otro tanto. En menor medida, la paulatina aceptación a regañadientes de un gobierno absolutamente contrario a los valores e ideales del resto del arco político.

Afuera del plano parecen quedar la comprensión acabada de la coyuntura histórica, que solo es leída desde la crítica negativa y resentida (¿por qué eligen esto? ¿por qué no me eligen a mí?); la incorporación de la economía, (incluso en clave neoliberal) como uno de los factores de análisis primordiales de los procesos políticos; la búsqueda de acuerdos y consensos con sectores contrarios ideológicamente; la predominancia de la lectura institucional y la exclusión de lo no-estatal, apuntalada sólo para momentos electorales.

Las lecturas del presente parecen reducirse a una esquemática y muy tambaleante construcción que se da, en el mejor de los casos, desde la descripción de las locuras de Donald Trump, pasando por el peligro de Bukele, siguiendo por la inexplicabilidad de las subjetividades performatedas por Tik Tok e Instagram, hasta acusaciones irascibles contra una sociedad que no elige lo supuestamente “bueno” y se pliega mansamente a lo “malo”. Aclaremos que, salvo en contados casos, el plano internacional no entra en ninguna narrativa.

El estilo paternalista con el que la oposición le enseña (señala) al resto de la sociedad lo que es positivo y negativo para ella, de a ratos resulta vergonzosamente incómodo. La aprobación de una ley contraria a sus intereses a veces puede transformar a un dirigente político o social en una especie de rey sin corona rencoroso con quienes lo depusieron. La contradicción se da también con la democracia. Lo que en otros países parece normal, un cambio de ciclo, en nuestro país se vuelve profundamente dramático y obnubila las posibilidades de un análisis serio. Aceptar de que ahora priman las ideas de la otra parte de la sociedad, que a partir de los mecanismos que instituimos la llevaron a tener un gobierno que la represente, no necesariamente debe ser una claudicación, sino el primer paso hacia una reconfiguración.

El punto parece estar, no en aceptar ideas contrarias, sino en tener que modificar o remover viejos estamentos dentro del propio campo de acción, aquello a lo que se está acostumbrado, el status quo digamos. Aquí entra también la idea de la transparencia y en la salida urgente de quienes han engrosado su patrimonio por medio de negocios espurios mientras cumplían funciones en el estado. Al peronismo le cuesta horrores meterse en ese tema.

En un sentido más general, los análisis políticos de los dirigentes opositores carecen en Argentina de tres cuestiones: el plano internacional que ya mencionamos, la economía y la perspectiva de los ciudadanos. Este último punto, que parece tan obvio, sin embargo, no lo es. Los análisis que vemos a diario centran sus relatos en el juego institucional de los actores y dejan a los ciudadanos para el resultado de la encuesta (no siempre muy acertada) o el de las elecciones celebradas cada dos años. Los análisis de actores pueden ser muy buenos, pero están desanclados del nivel de representación con el que se mueven en el juego político, o de las contradicciones que en un determinado público generan. En otras comarcas, un análisis político válido parte de estudios realizados en la sociedad, así sea en una mínima fracción de ella. Lógico que esto sale mucho dinero, pero tiene la facultad de poder llegar a conclusiones más concretas y a tener una mayor capacidad de prever certeramente escenarios políticos futuros.

Por otro lado, Milei demostró que la economía, que el discurso económico, sí importa y que, además, puede ser parte de una alocución de campaña o partidaria. En esa línea, en los últimos veinte años, la política había excluido a la economía de sus análisis y, mucho más, de sus campañas electorales. Los riesgos eran el tecnicismo (un discurso pedagógico fuera de lugar), la parquedad de los números y la escasa contribución al mito que es necesario recrear retóricamente para ese tipo de instancias. Pero los tópicos que produce la economía en su esfera de acción pueden ser traducidos a un público atento. El peronismo nunca los incluyó, más allá de índices convenientes y las asociaciones forzadas con años fructíferos.

Como pasa en muchos países del mundo, la metáfora de la casa y su administración eran las vías de entrada. Pero el líder libertario fue más allá e incorporó terminología que de ser técnica pasó a ser comunicable. Él masificó algunas expresiones como pueden ser “déficit fiscal”, “emisión monetaria”, “gasto público” o “superávit”. Y ahora, con esas cartas nuevas en la mesa, hay una parte de la sociedad, que no comulga del todo con el gobierno, que espera un discurso que las contradiga, que las critique o bien que las relativice. Nadie lo hace.

¿Por qué no se hace? Porque hacerlo implica una narrativa de proyecto de país que la llamada oposición no tiene. Milei sí lo tiene, a partir de una diseminación de términos y palabras que han corrido al Estado de la escena, le han sacado su estatus dentro del lenguaje político, llevando a la “libertad” como el significante que le permite al ciudadano construir él mismo su propia narrativa de futuro. Hablamos de escenarios en donde el Estado no es un actor relevante, ni el pivot de todas las iniciativas gubernamentales. En ese punto, la oposición encuentra el límite de su lenguaje político.

En efecto, para la oposición, no hay forma de pensar una política a futuro sin el Estado como centro distribuidor de símbolos, en el medio de los acontecimientos imaginables. Carece de un discurso que exceda o supere lo institucional, con la excepción de la trillada frase “la política es una herramienta de transformación”. Y la economía, que es carne en la vida del día a día de cualquier argentino, tampoco tiene lugar. Como consecuencia de esto, y a fuerza de la propaganda del gobierno nacional, la política empieza a dividirse entre lo viejo y lo nuevo, entre un discurso que considera múltiples variables y uno apenas ajustado a dos o tres tópicos ya anquilosados. Y bien sabemos que la sociedad no elegirá lo viejo, salvo que lo propuesto como nuevo fracase estrepitosamente.

Otro escollo es la imposibilidad de dialogar con sectores enfrentados ideológicamente, más allá de los acuerdos que se dan en la dinámica de trabajo en el Poder Legislativo, que más de una vez terminan teniendo un carácter un tanto turbio o superfluo. Esta imposibilidad no sólo se da en el rol de opositores, sino también siendo gobierno.

El concepto de democracia supone, entre otras cosas, los de acuerdo, negociación, consenso. Estos términos están incluidos en todos los discursos de campaña y gestión, pero rara vez se llevan a la práctica. La flexibilidad de los mismos le permite al actor que llega al poder ocultarlos detrás del manto legitimo de la institucionalidad. Pero el dialogo con otros actores es o se produce, mayoritariamente, por fuera de los canales institucionales, incluso esa es su mayor riqueza.

Ignorar a otros actores con representación social e intentar dirigirse solamente hacia un pueblo, idealizado muchas veces, o erigido sobre premisas falsas o números fríos, termina siendo una construcción negativa de democracia y un boomerang letal con el paso de los años. El kirchnerismo lo sabe. El representante de un sector de la sociedad, cualquier sea, es un capital que todo gobernante tiene a la hora de llevar a cabo sus acciones. Puede tomarlo o dejarlo. No puede dominarlo, ese es el obstáculo, pero puede construir autoridad y legalidad, por ejemplo.

Lo que hasta ahora viene pasando al respecto es que no se separan las personas de los problemas, no se hace foco en los intereses concretos, no se busca la forma de lograr beneficios repartidos y no se logra llegar a criterios de trabajo objetivos. En definitiva, ninguno de los puntos centrales de un manual básico de negociación.

Siendo oposición, la jugada del acuerdo se vuelve mucho más importante. Pero, de nuevo, dichos acuerdos, si de dan, se forjan en el plano institucional, entre actores, y no sobre problemas concretos de la sociedad. Como resultado de esto, lo que el ciudadano observa es una política banal, de valores evanescentes y de perspectivas de corto plazo a terminar ni bien se cuente el último voto.

El acuerdo o el consenso sobre hechos puntuales, coyunturales, no significan ceder en el proyecto de largo plazo, sino hacer más robusta la base de sustentación de dicho proyecto. Con ese objetivo en claro, no es necesario sustituir a toda la planta política opositora actual por considerarla ajena a estas prerrogativas de corte socialdemócrata, sino solamente promover un cambio de estrategia. Muy difícil, pero no imposible. Es cierto que muchos actores de la escena local han construido parte de su ethos por medio de una lectura admirada de House of Cards, pero lo cierto es que, al decir de Giuliano da Empoli, sus actuaciones terminan siendo más parecidos a la comedia Veep. Mucho más cuando la Justicia aparece y el rechazo social toma fuerza.

Como venimos soslayando, la oposición parece agotar todas las posibles perspectivas de la política en el juego institucional, o centrar las mismas en ella. Pero si bien esto puede ser correcto en determinados momentos, lo que está errado en la “estrategia opositora” es que lo institucional esta vaciado de contenidos. Comenzando por la idea misma de representación a la que aludimos más arriba, en donde el actor elegido en comicios termina demostrando incapacidad para representar, diluyéndose en ese juego institucional, o en una actuación anodina que sólo busca la mera sobrevivencia en el campo político.

Por otro lado, espacios como el Poder Judicial o el Legislativo han quedado atados sólo a una legitimidad procedimental, legalista, suficiente para que aun la ciudadanía les conceda cierto valor, no mucho más, pero alejados de una serie de atributos morales como son, por ejemplo, la ética, la honradez, la humildad, que más allá de que parezcan desangelados, son tópicos que la sociedad aun sigue buscando en los altos estamentos como referencia.

Por su parte, la idea misma de “Estado” ha perdido innumerables atributos simbólicos que desde 2001 se le habían ido cargando a fuerza de acciones políticas muy específicas. Esa degradación forma parte de la “batalla cultural” libertaria y es el Aleph a través del cual se puede ver la desarticulación de la oposición día a día.

Es decir que, si en los noventa, como conjeturaba Jacques Ranciere, lo institucional estaba saturado, impidiendo la fractura que podía realizar la política para existir, en la actualidad el vaciamiento de las instituciones, incluida la representación misma, han volcado a la sociedad a un pleno retraimiento hacia su vida cotidiana, ya que la subjetividad no tiene cómo emerger (representantes) ni en dónde hacerlo (instituciones).

Podemos deducir que la oposición en argentina carece de una teoría del significado, del significado político más precisamente. Se dirigen a un público que no los comprende y que empieza a verlos como extraños, pues han perdido la habilidad para aplicar determinados conceptos o hacen un uso inadecuado de los mismos; no pueden transformar en verdad una idea, porque desestiman la comprensión del sistema en el que la quieren hacer jugar; suponen que una palabra vale por sí sola y no le dan el marco de referencia adecuado, lo que se logra con tiempo y algo de suerte. La búsqueda de éxito inmediato acelera más la decadencia y la lejanía con quienes pretenden representar.

No es que estamos viviendo una “crisis de representación” en el mundo como se repite a diario sin detenerse a pensar la frase. Lo que sucede es que distintas “oposiciones” en el mundo, y entre ellas la de Argentina, no pueden representar, no entienden o no saben cómo hacerlo. O quizás algunos lo saben, pero no es el mejor negocio en esta coyuntura. Mientras que surgen innumerables actores que han entendido la lógica o el “saber-hacer” de la representación y con ella despliegan todo su potencial. Son las llamadas “derechas”, “nuevas derechas” o “derechas radicales”. Tienen un aroma a otros tiempos, no parecen encarnar algo absolutamente novedoso, salvo que para tratar de entenderlas pongamos el foco en los actores que las lideran y en los recursos que implementan y no en los miles y miles ciudadanos, compatriotas muchos, que miran extasiados cómo se destruyen los cimientos de lo que tanto costó conseguir.

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Fotografía: Clarín